BDSM
se emplea a menudo de forma equivocada como
sinónimo de sadomasoquismo.
En realidad es un concepto que engloba una serie
de aficiones y prácticas de sexualidad no
convencional, muchas de ellas sin relación
alguna con el sadomasoquismo. Actualmente, e
independientemente de su génesis, el acrónimo se
entiende formado por las iniciales de algunas de
las prácticas que engloba:
A
esto habría que añadir muchas prácticas
fetichistas, entre ellas el fetichismo de los
tacones, de la ropa de cuero y otros, junto con
los juegos en los que cada parte asume uno de
los roles, como los de maestro/alumna/o,
doctor-paciente, niñera-bebé,
juegos de entrenamiento de mascota y
otros.
Las
prácticas BDSM tienen un elemento común: los
participantes construyen de forma voluntaria y
partiendo de una situación de consenso,
relaciones con marcado traspaso de poderes (EPE,
Erotic Power
Exchange o Intercambio Erótico de Poder) en
donde una parte ejerce el rol dominante o
activo, y otra parte el sumiso o pasivo.
Algunas de las prácticas que engloba el término,
como la humillación erótica, el dolor, la
sumisión y otras, no podrían entenderse al
margen de su implicación con una específica
forma de placer mutuo, sin la cual las citadas
prácticas se asociarían con sensaciones
desagradables. Durante una sesión (el tiempo en
que se practica ese intercambio de poder) los
participantes acuerdan determinadas reglas para
garantizar que las prácticas se realizan en un
entorno de consenso y libre voluntad.